martes, 26 de agosto de 2014

El niño del Metro (de Anécdotas de un bricoleur)

Al “Lágrima de Cocodrilo” me lo encuentro en el Boulevar Saint Michel, al ladito de la pileta, frente al Sena. A Ariel lo motejaron así la camarilla autodenominada “Comité Gracias a la Junta que he viajado tanto”. Ni les digo quienes conformaban esta sarcástica camarilla de artistas chilenos, todos ahora “consagrados”. Él andaba buquineando, escarbando libros de ocasión en los stand en las orillas del Sena, en el centro de París, ese territorio que nunca ha superado la nostalgia sesentaiochiana. Ariel Dorfman ya lo logró como escritor de exportación, lo que le valió ser estigmatizado como un “profesional de las becas” en El Mercurio por Jorge Edwards. No sé porque ciertos autores y artistas se “pisan la manguera entre bomberos”(dixit Raúl Ruiz) Dorfman me transmite de un tal “Comité Defensa de la Cultura”, del que evidentemente yo pasaba a formar parte en ese preciso y precioso instante. El inaugural Comité se reunía próximamente con intelectuales franceses, para analizar un qué hacer. Respecto a Pinochet, evidentemente. Para que sepan, dicho Comité y su patudo nombre, era una copia de la experiencia anti-fascista que inventó André Malraux durante la guerra civil española. El anzuelo del evento, para los intelectuales latinoamericanos y franceses solidarios, era la asistencia de Julio Cortazar, el nexo natural, en tanto que escritor más parisino que argentino. El prestigio de Cortazar, suerte de Pater Familia de la colonia exilada en Francia, le daba relevancia y glamour al encuentro. Yo andaba con “caña”, “ángel en mal estado” (dixit Roque Dalton), aterrizando de una juerga, celebración del logro de haber terminado la pintura brocha gorda de un departamento en el barrio judío de Le Marais. Tal vez me sentí importante por esa invitación de Dorfman, entonces registré el asunto en mi meollo, aún con una resaca incómoda. Me cegaba el sol primaveral parisino. Confieso que fui al Encuentro con el objetivo de pasarle un libro artesanal a Cortazar. El libro “Deatráspicaelindio”, ilustrado por los pintores Germán Arestizábal, Sotelo y Irene Domínguez, es una suerte de collage o antología poética, a partir de nuestras nostalgias de exilados. En principio fue un encargo de amigos franceses que nos pidieron “un paisaje poético de Chile”. Seguramente nos demoramos mucho en este encargo, posiblemente financiado, pero los intentos de traducirlo fueron imposibles. Igual, como nos adelantaron una cosita poca de adelanto, con el pintor Arestizabal seguimos de largo, y este caro empeño finalmente logré imprimirlo en un mimeógrafo que compré por mil francos a unos anarquistas de La Villette, periferia proletaria de París. Hice a mano siete ejemplares como acordeón, es decir pegando las hojas una a una por sus bordes, con scoch. Pues en ese mimeógrafo, no me atreví a imprimir tiro-retiro. Quedó como ciertos libros chinos, pero evidentemente muy artesa. Al menos uno de estos ejemplares llegó a Cortazar, otro a Yerashin Luca, poeta de miedo, el último surrealista, que consideré mi maestro. Ese libro acordeón lo agarró mi cumpa actoraso Sergio Hernández, y otro fue destinado a Raúl Ruiz, en los instante que filmaba “Diálogo de exilados”. Tengo un ejemplar, que me he negado a reeditar pues lo encuentro horroroso, aún cuando fue mi segunda poética colectiva, y en una de pocas reseñas, del académico X, en una publicación en Venezuela, lo pone al lado de la “Nueva Novela”, de Juan Luis Martínez, en el sentido de obra intertextual, en donde la autoría es ambigua, la poética es simplemente una combinatoria de citas. Asistir a esa reunión que les dije, además tenía como objetivo de pedirle a Cortazar un texto inédito para una revista que se cogitaba en esa época. El poeta Lawrence Ferlinguetti, que en unas copas y pitos por el barrio Le Halles, me había nombrado editor en español de una revista trilingue de su mentada editorial, City Lights Booksellers & Publishers, iniciativa cosmopolita de los Beatnik, o generación Beat, que Ferlinguetti quería expandir desde París. Solamente tenía que lograr, conseguir un inédito del Gran Cronopio. La editorial de los beatnik´s lo quería. Así como ellos le dieron pelota a Nica Parra, quizás por ser traducible al inglés, por lo pop de sus versos. En fin, tenía dos pretextos para asistir al Encuentro franco-latinoamericano. Los dos objetivos apuntaban a Cortazar. No recuerdo exactamente el lugar del Encuentro, creo que era cerca de la Place d’Italie. Llegué un poco tarde, salvándome de unos cuantos discursos. El Pater Cronopio, muy sobresaliente por su porte acromegálico, estaba inabordable, evidentemente incómodo, rodeado de unos seis personajes. Recuerdo dos señoras gordas por lo gordas. Todos le hablaban al mismo tiempo. Al acecho pensé, esto es idiota, mejor llamo a un Cronopio amigo, muy cercano de Cortazar, le pido el teléfono privado de mi admirado patafísico, lo arrivo privadamente y ya. Pero, como fans tozudo, seguí al acecho sapeando el momento preciso de entregarle nuestro sacrificado libro lo más discretamente posible. Para que les digo, me creí un “correo” de alguna novela de John Le Carré, que tuviera que si o que sí, entregar una información clave para ganar la guerra. Entonces, en un segundo clave en que se produjo una brecha, por causa de una exquisita francesa que repartía vino, los sedientos intelectuales franceses y latinoamericanos deshicieron la cortina de hierro. Cortazar con cara de alivio, se ve un segundo solo. Allí lo abordé, aplicando la técnica del “hombre transparente”, que consiste en confundirse con los muebles o el entorno cósico, ser nadie. Me acerqué como un felino opaco borgiano. Ciertamente le dije atropelladamente alguna idiotez. Me miró a los ojos, e imagino ahora que captó a un petit Cronopio. Yo estaba más conciente de su dolor personal, que del Encuentro Inaugural del Comité de Defensa de la Cultura. Alcancé a entregarle el libro “Deatráspicaelindio”. Lo empezaron a rodear de nuevo. Un profesor narigón argentino me pega un codazo en las costillas para desplazarme. Me replegué de la manada políticamente correcta. Me retiré del lugar como vine, como el “hombre transparente”. Aparte del poeta Waldo Rojas, que me encantó que llegara con su famoso quiltro chileno, el “Chuma”, exportado a Francia. Aparte de ser cómplices tácitos, chocamos nuestras copas, no vi a nadie que me interesara ni se interesara en mí. No había Cronopios, quizás alguno debajo de una mesa u otro escondido en un jarrón. Había solo ex Cronopios mutados en Famas. No los juzgo. El crepúsculo de ese circo me obligó retirarme adelantado. Me demoré en descubrir el Metro. Había cumplido mi objetivo a medias. Se me había olvidado, o no me había atrevido, a pedirle a Julio Cortazar un poema inédito para el proyecto de revista trilingue de City Ligh, del chivo Ferlinguetti. Bajé al Metro. En eso craneé trampear, confieso, ofrecerle a Ferlinguetti una traducción que tenía bajo el poncho de un poema aleatorio de Cortazar, ya editado, apostando que el poeta gringo no lo conociera. Yo estaba informado que el Gran Cronopio detestaba su intentos poéticos, como varios narradores cototudos. ¿A quién no le vacilaría la posibilidad de ser el editor sudaca de City Ligh en París? Ya en el andén, un silencio sepulcral me interrumpió. No era tan tarde, estaba anocheciendo arriba. El Metro no tenía ruido. El subterráneo estaba vacío. Asunto raro para un idiota día creo que lunes. A esta hora crepuscular es normal que nuestra raza himenóptera se apresure por los subterráneos con un movimiento perenne y un civismo gris. Ahora no existía vida en el Metro. O quizás en esta estación no subían los asalariados. Me abrazó un frío. Andaba con mis anteojos para lejos, que no necesito para el computador. Entonces en el Metro absolutamente silencioso y vacío, atisbo otra persona a unos treinta metros. Con el instinto atávico de los pájaros, me acerco a mi semejante. Somos los solos dos únicos seres humanos en este Metro subrrealista, esperando que llegaran los carros. A medida que me acerco a la silueta, enfoco un abrigo largo, a un tipo corpulento. Naturalmente me mira. Era Julio Cortazar. Recuerdo que saqué cuentas. ¿Cómo? Si lo dejé absolutamente sitiado. ¿Cómo se escapó? Soy testigo que lo vi muy requerido. ¿Cómo llegó aquí antes que yo? Me tinca que Che Cortazar tenía previsto escapes, túneles, salidas secretas de otras dimensiones, que le permitían desplazarse por vías patafísicas, arrancarse de compromisos latosos. Seguro que tuvo un secreto que se llevó al Cementerio de Montparnasse. Supuse que me tenía en su entrenada retina hace rato. No me atreví a preguntarle cómo se había escapado de la inauguración del “Comité de Defensa de la Cultura”. Sospecho que también conocía la técnica japonesa del “hombre transparente”, que lo más cercano en el ámbito guerrero o de sobrevivencia, es el camouflage. Tenía mi libro bajo el brazo. Le conté que aquel era un libro colectivo de artistas chilenos. En los minutos de espera del Metro, gentil lo ojeó. Con su ojo clínico se detiene en la página de un poema futbolístico. Ubica perfectamente al Colo Colo. Algo le comento del vicecampeonatismo crónico de los chilenos. En eso llega el Metro. El ruido de sus frenos me tranquiliza. El metro también iba medio vacío. Nos sentamos naturalmente juntos. Me bajó una timidez idiota. Igual le pregunté que le parecía el mentado Comité de Defensa de la Cultura. Me respondió que intentaba después de años que la colonia latinoamericana en París hiciera causa común. En el asiento a la espalda de nosotros iba un niño con su madre. No recuerdo la edad, pero tenía esa molestosa energía de niño y nos interrumpió. Parado en el asiento y pendejeando hacia nosotros, le llegaba exactamente a la altura de la nuca de Cortazar. Seguramente impresionado por su porte, le golpea la espalda como quien golpea una puerta y le pregunta de sopetón, - Qui est tu? El grandullón se da vuelta y con una sonrisa le responde: - Moi?...Je suis Julio. En mi fuero interno me dije, pendejo de mierda. Giro la cabeza buscando la mirada de su madre para que le parara el carro. Ella solo mira al chiquillo y le sonríe a Cortazar. El niño me aguaba el encuentro. Presencié algo así como el siguiente ping-pong, en francés evidentemente: - ¿Qué haces tu? - ¿Yo? Yo soy escritor - ¿Porqué? - Porque me gusta escribir - ¿Porqué? - Porque aprendí a escribir A estas alturas de la entrevista, la madre, típica francesa de suburbio, se cubrió con recato la boca y se rió como una laucha de la patudez de su nene. Se calmó mi emputecimiento por la interrupción del cabro de mierda por la sospecha, después la certeza, de que el niño me representaba, era yo. Hacía preguntas que habría echo si me hubiese atrevido. Coincidimos bajándonos con Julio Cortazar en la estación Chatelet. Como volviendo a la dimensión de la realidad real, los subterráneos de esta estación neurálgica tenían un tránsito normal de ciudadanos(as) grises volviendo a casa, un par de vietnamitas tocando violín, una diosa barroca que pasa soplada en patines. Me despedí del escritor. Grabé en mi meollo, el “hasta siempre” que me dijo.

domingo, 23 de febrero de 2014

Basura Hubo en los ochenta, unos sociólogos franceses que analizaron basuras. Recogían, clasificaban y analizaban basuras de algunos grupos objetivos de su interés. Aplicaban a su manera la papa del estructuralismo. Me hizo sentido, porque, como “medio pollo” (reemplazante) en período de vacaciones de un concierge español, controlé la basura de un edificio burgués, a la orilla derecha del Sena en París. Tres días a la semana, una de mis funciones era botar la basura de mi edificio. Es decir, arrastrar a la calle dos basureros de plástico negro, de unos doscientos litros de capacidad. Al botar dicha basura, me di cuenta que el dueño del edificio, a ese que le llegaba el ascensor directamente a su último piso, recibía varios diarios y revistas, como Le Figaro, Le Monde, L’Express y ene publicaciones. Quizás era un accionista o un avisador importante de aquella prensa. Y este personaje poderoso, dueño del edificio, botaba sin leer, sin ni siquiera sacarle la etiqueta, a esos diarios y revistas enrollados. Toda esta información iba a dar a la basura, virgen, inmaculada, no leída ni trajinada. Entonces yo estaba muy informado de lo que pasaba en el mundo, desde el punto de vista de esa prensa. Una dama del cuarto piso, botó aparatos para adelgazar, sin uso, apenas desenvueltos, seguramente porque no entendió las instrucciones. Nadie entiende las instrucciones para usar aparatos vendidos por correo o ahora, venta electrónica. Son los típicos artilugios que se enchufan y vibran. En fin, al menos la basura parisina me informó alguna cosilla antropológica de ciertos parisinos, y posiblemente de algo global. Es más, me ofrecieron trabajo para armar estos aparatos adelgazadores. Oportunidad de trabajo que rechacé, pues allí yo fracasaría, ya que nunca logré el ritmo de una cadena Tayloriana. Tiempo después leí que un estudiante newyorkino escarbó las basuras de Bob Dylan y, EUREKA, rescató alguna canción desechada y descubrió que al cantautor le gustan mucho las pizzas. Se me pasó por el meollo, con mi pequeña experiencia de analista de basuras, ¿quiénes serían interesantes de revisarles sus deshechos en Chile?, Que valga la pena, me dije. Como para sacar conclusiones sociológicas cochinas evidentes o descubrir alguna joyita esperanzadora…

martes, 3 de diciembre de 2013

Santos bebedores 1 La amistad de los alcohólicos es más que la amistad. Valga esta afirmación borracha para empezar. Lo puedo demostrar, no solo con anécdotas personales. La solidaridad de los etílicos es emocionante. Los santos bebedores son capaces de compartir la última gota de vida, de alguna botella desesperadamente vacía. Igual, los más desmedidos se trampean entre ellos. Aunque dicha chuecura está prevista en nuestra complicidad. Pero existe equidad en el compartir copas entre los precarios, me refiero a cuando andamos corto de billete. Y pasa, me ha ocurrido, un bohemio recién conocido, me ha dado dinero, no necesariamente para seguir libando con él. Aún no he logrado hacer la misma buena acción, con otro etílico, amigo o no. Me debo esto, darle plata a alguien, a pito de nada. 2 Tengo registrado en mi meollo inexacto a los curaditos parisinos, esa cultura etílica cosmopolita, que son una institución, cuyo eje territorial es el Sena, o algunas estaciones del Metro, las más laberínticas. Esos simpáticos o insorpotables clochart, que Henry Miller se creyó uno de ellos. Se definen a si mismos como gente malhereuse, infeliz. Lo sé, pues varias veces conversé con algunos. Mis infelices viven en la calle y en galerías subterráneas, al margen de la realidad programada. Esta comunidad ya universal, poco estudiada sociológica o antropológicamente, excepto en indicadores idiotas de vagabundaje o de extrema pobreza, son más complejos. Al menos en París, entre ellos hay filósofos, poetas, aristócratas, ex abogados, ex gerentes, y varios ex guerreros colonialistas, ex de Argelia, clochard fachos, que tienen motivos de sobra para ser lo que son. Pero allí, entre todos mis desgraciados que les dije, tenemos gente interesante, que si compartes con los susodichos, sin decir agua va, te enseñan de la vida, gratuitamente, a pito de nada. 3 “El Ratón”, clochart parisino, ex aristócrata, por los 80, ya era atracción turística. Por el sector Saint Germain-Saint Michel, corazón del Barrio Latino, él atacaba, sorprendía a turistas incautos, en general mujeres, con una falsa rata, de este porte, mostrándola, sacándola sorpresivamente desde su raído abrigo. Performance gratuita, pues este clochart, no ganaba ni una moneda con su “teatro invisible”. Todo lo contrario, las turistas más avispadas le pegaban carterazos a él y a su falsa rata. Era un sofisticado “Conde Clive”. Supongo que le gustaban las reacciones y carterazos. Creo que a todos los alcohólicos que tienen mujer también. En el Barrio Latino de París, los turistas pajarones eran víctimas aleatorias de esta broma tontista. Solo los habitantes vecinos veían su show callejero como una rutina más del barrio. El show del “El Ratón”, es sin duda, un logro autodidacta del “Teatro Invisible”. De hecho, los flics, pacos, policías, ni se molestaban en pararlo. Era parte del ecosistema turístico, entretenía con su falsa rata. El público eventual se carcajeaba en varios idiomas del susto que causaba a sus víctimas. “El Ratón” del Barrio Latino, según averigüé, era un Gurú de una secta esotérica que reivindica a los ratones. Descubrí entre los libreros de la orilla del Sena, una revista llamada RATUS, seguramente editada por dicha secta. Tuve un ejemplar en mis manos, que lastimosamente perdí, como tantas ideas, por culpa de mi irresponsable borrachera. 4 Ebrio feliz o descontento, he tenido alguna verdad en mis manos, pero se me deshizo en mi cerebro. Solo recuerdo que tuve una idea tremenda que perdí, por otra mejor que también se me fue. Benedix Schönflies (nombre auténtico de Walter Benjamin), escribe en un texto computando a los nihilistas: “en cualquier instante, por esa puerta, puede entrar el Mesías”. Según mi lectura, hilando fino o con lana chilota, interpreto esta cita cabalística como que en cualquier barra, en los típicos conversatorios de bohemios, más de alguna verdad trascendente navega y aflora. Y siempre, o casi siempre, nadie se da cuenta. ¿Quién le hace caso a un curado? Yo escuché a uno iluminado: “el hombre es el SIDA del Universo, que dijo. Otro afirmó categórico: “Hoy, es hoy”. Y son pensamientos que no logro refutar. Creo que un común denominador de los alcohólicos, es ser, aparte de nuestro desorden efímero o crónico, o negatividad con el sistema, es ser así por carencia afectiva, (yo no) por causas perdidas, (yo si), por inconformidad, más que consigo mismo, con la humanidad (yo no). O por mero placer bioquímico (yo si). Evidentemente que el copete produce algo en las neuronas, para bien o para peor. Conozco gente, que cuando se frenan, se ponen idiotas. En fin, estas inexactitudes entre otras, nos marcan como no creíbles. No sé si menos mal: a todos los curados, nadie, o casi nadie, les da pelota ni les hacen caso, excepto, claro, a los borrachines consagrados. Me morí de envidia viendo el show del borrachín literato cochino que hizo Bukowski, o el dandi con tufo Serge Gainsbourg, en la TV francesa. Quizás si alguien nos encuestara a los no consagrados, produjera un focus group entre los etílicos creativos anónimos, ya tendríamos, una “utopía realizable”, la solución para este humanístico caos. A los etílicos famosos los utilizan como payasos. Les soportan sus excentrismos y salidas de guión. De eso viven. Ya sabemos que son putas baratas recuperados por la farándula potomoderna. Ya no tienen nada que decir, aparte de vender su patetismo en la perversa TV. Al menos en Francia. 5 “La ignorancia es atrevida”, me decía mi padre, sarcástico, cada vez que yo adolescente “patudo”, “subido por el chorro”, tiraba un juicio, por si pasaba. Me demoré un poco en entender o interpretar este dicho, aparentemente tontista, que constato cada vez más. Un día, en mi “ignorancia atrevida”, lo vi pasadito de copas y un tanto infeliz. Le tiré: - Papi, ¿no será el alcoholismo una psicopatología filosófica? Como que despertó, y me pidió que desarrollara esa intuición. Él me enseñó que la intuición es conocimiento a priori, es decir, saber el cuatro sin el dos más dos. Entonces le confesé, que en una intoxicación adolescente con pisco, ya vomitando mis tripas, mi meollo estuvo aparte de mi cuerpo enfermo, y solo reflexioné cuestiones existenciales o mayores. Mis vómitos eran alicientes para pensar aceleradamente cuestiones trascendentales. Cuando yo era colegial, mi padre psiquiatra me pilló contrabandeando un destilado para los alcohólicos de su Clínica. Me pagaban con chocolates. Esto determinó cambio de residencia de la familia. Obvio, un psiquiatra no puede vivir en familia con sus pacientes. Y perdí las asesorías de esos cultos caballeros con síndrome de privación, en mis tareas de inglés, francés y matemáticas, nuestros canjes de comics, libros de ciencia-ficción. Perdí a mis partenaires de Dominó, Poker, Canasta y Ajedrez. 6 Después de soportar el funeral de Julio Cortazar (febrero 84) en el cementerio de Montparnase, me retiré emputecido, pues el funeral se lo apropiaron los “Famas”. Los “Cronopios”, los auténticos cómplices del escritor, entre ellos un torero, un controlador de aviones, varios músicos de jazz, un ex boxeador sudaca, escritores menores, y este pecho acongojado, presenciamos discretos, detrasito de unas tumbas vecinas, una farándula de VIP y de pseudos VIP. Esta presencia inevitable de embajadores latinoamericanos, de funcionarios internacionales, de políticos políticamente correstos, se pegaban codazos para estar lo más cerca del ataúd, pues había mucha prensa. A los “Cronopios” nos dio vergüenza ajena. Los “Famas”, se apropian hasta de la muerte. Entonces quise ser crítico de funerales. De esta tristeza, se me arregló un poquito el humor en la noche, cuando fui al Bar-Restaurante “La Rayuela” en la rue Saint Sauveur. Paco, el patrón de nuestra picada, esa noche tuvo el gesto poético de instalar en la mesa que ocupó alguna vez Julio Cortazar: un mantel negro, una rosa roja, una copa de vino y una vela. Los habitues tristes brindaban con la animita de Cortazar. Tuve la osadía de borracho de sentarme en esa mesa, respetando la rosa y la copa de vino. Nadie se atrevió a echarme de la mesa fetiche, y hasta recibí algunas condolencias. Esa noche me comporté como viuda. 7 Jorge Teillier, el manso poeta lárico, me citó frente a la Biblioteca Nacional. La razón de la cita era para que me autorizara a publicar “Trenes que no has de beber…”, libro del pintor Germán Arestizábal, quien ilustró extractos de sus poemas. Ambos eran cómplices, soles lunáticos, más que de sus bares, de sus pertenencias, códigos y musas comunes. Eran, pues el vate se nos fue al lar de los inmortales. Teillier, una suerte de Li Po de la Frontera, le importaba un carajo los derechos de su autoría que le pedía. Ya eran de nuestro común amigo pintor. Solo quería compartir un luminoso día santiaguino. Siguiéndole su cuerda, fuimos a un Bar al lado del cerro Santa Lucía. No entrenado yo, recuerdo que llegué a mi casa arrastrándome, como un culebrón, intoxicado con vodka. Constaté en este “encuentro cercano”, con el fronterizo Teillier, que el copete crónico, no es una enfermedad filosófica ni poética. Ni siquiera una enfermedad. Es saudade abisal. 8 Después de mi retorno de París, pos 93, fui varios años parroquiano & contertulio cautivo del Bar “Insomnio”, allí en Bellavista pasadito Purísima. Allí nos reuníamos varios ex parisinos. Hasta que me peleé con su patrona. Picado, la amenacé que toda mi red de amigos no pisaría más ese lugar. Gente que según mi, aportaba glamour a ese tugurio. Ella se burló de mi pretenciosa amenaza. Pero efectivamente coincidió mi deserción de ex cliente, con la decadencia de mi ex territorio bohemio. Allí, produjimos varias muestras de pintura y lecturas literarias. Todos, o casi todos los convocados en esos eventos, ahora suenan, hasta son famosos, en la fauna endogámica de escritores, artistas, audiovisuales, periodistas, otros varios, de nuestro Chuchunco. No los juzgaré de ser “sacos de huevas”, de traicionar la alternatibilidad. Siguiendo la receta farandulera, insinúo, pero no doy nombres, a no ser que me paguen. Creo que la patrona nunca creyó, que más que por la botella, iba por las tetas y ojos de ella. Después adopté (o me adoptaron en) “El rincón Escondido”, en el callejón Rosales, de mi barrio Lastarria. Allí llegaban algunos viudos de el fenecido Bar “El Biógrafo”, pero los patrones son muy derechistas, por tanto, adopté (o me adoptaron en) su vecino “AntroFino”, donde negocié mis consumos y tuve crédito. Cambió de dueños. Tiene el rebuscado nombre de Hookah Troopa Bar. Fui heredado como cliente, con más ventajas. Allí, a veces vendo libros. La inteligencia de los gestores del copete nocturno, es la misma intuición de un editor o poeta nocturno. A este huevón le creo, o a este nica. En eso consiste el prestigio, exactitud o la inescrupulosa de los bohemios en lista negra. Todos, o casi todos mis contertulios, son exactos con sus cuentas a crédito. 9 Los bohemios de los días viernes, desahogando hiperventilados su enajenación, los escucho, y hasta me ofrecen negocios, en mi Bar, en mi oficina o clínica nocturna. Mi oreja estupenda, quizás les ahorra onerosos psicoanálisis chantas. Me sale onerosamente latoso lograr venderles un libro. Losotros, los bohemios crónicos, felices o desgraciados, según el estado de la luna, inconformistas, naturalmente ácratas y nihilistas, y entre mis pares, algunos anónimos maestros, afirmo que tenemos en el corazón alguna verdad irrefutable, la nostalgia abisal que les dije, alguna sabiduría no rentable, la añoranza de la diosa que se esfumó, como el vino tirado a la tierra, como el logos de vida. 10 Logré darle dinero a un recién conocido en mi barra, sabiendo que él hará lo mismo, a pito de nada.

martes, 28 de diciembre de 2010

Río Luminoso

Nota: Van más de treinta versiones deste poema, en unos diez años. No está solucionado. Pero si lo publico es porque le falta poquito (creo). Forma parte del libro inédito "LUCIDESES", (Título tanpoco definitivo)

Río luminoso
Una tan cercana lejanía...
(Walter Benjamin)

Una vez fui a pescar peces al río Duqueco,
al interior de Los Ángeles.
Entonces me ensarté el anzuelo en un dedo
y ensangrenté una piedra redonda
que era como un aereolíto,
por eso lo recogí.

El sol estaba tremendo,
el río Duqueco tan ruiseño,
cuando se cayó mi aereolito en la orilla.
Se me perdió como un pensamiento.
Entonces recogí otra piedra perfecta,
como un huevo de dinosaurio.
Temí que el dinosaurio aún estaba allí.

Solté mi caña de pescar
pues me creí lanzador de bala olímpico:
tiré el huevo pétreo encontrado
a ese mi río luminoso.
O la piedra vuelve a rodar, me dije,
por el flujo que da a la mar,
y nos recuerde el alma dormida,
o se aquiete meditando
en este torrente frágil del estío,
y quizás origine un dique,
que cambie el curso del río.

En fin,
al borde del todo fluido
encontré una tercera piedra extraña:
¡Era aportillada como un picarón!
¡Eureka!, me dije yo.
Encontré una pieza arqueológica,
cuenta del collar de la Giganta de Baudelaire
o rastro de un ancestro que por aquí vivió,
quien quizás rompió un cráneo,
o molió maíz, con ese pétreo picarón.

Como si la piedra fuera un catalejo,
por su orificio redondo
enfoqué la montaña,
de donde rodaron las piedras,
y enfoqué esa orilla extraña
y espié un sauce nervioso,
cuyas guirnaldas lloronas tiritaban
cuando no había ni brisa
y sus sombras bailarinas
entre las piedras del torrente
eran la escritura del sol.



En la orilla del río Duqueco,
al interior de Los Ángeles
a donde fui a pescar peces,
alguna red de piedras
me atrapó por pescador.

lunes, 18 de octubre de 2010

Cuentito perdedor en Santiago en 100 palabras

El Show

Fuimos a buscar algo a un terreno de acopio de escombros y cosas muertas. Encontramos un sillón colorado en buen estado. Confortablemente sentados chupamos cerveza, milagrosamente rescatada del terremoto desgraciado. Otro loco encuentra la caja de un ex televisor Bolocco, donde encajó su cabeza y contó chistes chanchos. Otro cantó con cara de limón a lo Lucho Barrios; y así. Nuestro “living” se llenó de gente que se turnó para triunfar en la tele.

jueves, 1 de abril de 2010

Reconozco y difundo a mi Maestro

Nadando
(In memorian Ghérasim Luca)

Alguien que nada en la nada,
ni siquiera nada,
da,
Dadá,
da lo mismo,
momo, momento,
momentito, ito...
¡Hay un hito!,
hito,
y tomo el océano,
o sea,
el océano tomo,
omo, omo,
¡Omo lava más blanco!,
lavo más blanco,
co, coco,
cocorico, condorito, cocodrilo,
¡hilo!,
hilo la cosa, osa, osa,
osando en la nada, dada,
¡DADA¡
¡Da en el blanco!,
coco, coco,
comienzo de nuevo, uevo, huevo...

¡El huevo y la gallina!
¿la gallina o el huevo?...
¡Comienzo de nuevo!!!...

Alguien que nada en la nada
ni siquiera, quiere, ere,
¡Eres bruto!, uto,
utópico, ¡pico!,
Pico de pájaro, aro, aro...
¡Aro aro, dijo doña Pancha Lecaros!
Caros, caro,
(Caro es el precio
precio de cientos
cientos de miles
miles de muertos
muertos penando
penando en el aire)

aire, aire, quiero aire,
ire
iré nadando,
ando,
¡ando volando bajo!,
ajo,
ajo para vampiros, iros, iro,

¡HIROSHIMA!
Ima, imagínate,
ate,
ateo, teo, teófilo, ilo,
hilo...
¡Hilo añadido!
ido...
idos y no volváis,
vais,
vais nadando,
dando
dando cuerda
cuerda floja
floja coja
coja, oja
hoja...
¡se acaba la hoja!,
ja
jajá, jamás,
más, más, mazapán,
pan pan pan,
pan de huevo, huevo
¡COMIENZO DE NUEVO!

Alguien que nada en la nada ni siquiera,
quiera, quiera,
¡ QUIERO!,
quiero,
quiero vino, vino,
vino y se fue, fuese,
fuésemos fuego como el vino, ino,
ino, inoxidable vine,
vine y me fui, fui,
fui, fuimos letras
letras, tras,
tras no nadar en la nada,
nada, nada,
¡noda!,
no da lo mismo el momento
¡no da lo mismo el momento!
Momento, momentito, ito,
Hito,
¡OTRO HITO!
Y tomo mi historia y no tomo el océano,
O sea no
¡O SEA NO TOMO LA NADA!

jueves, 24 de diciembre de 2009

Presentación del poemario “Dicha non desdicha”, de Miguel Vicuña Navarro



(Grillo Mujica & Miguel Vicuña, recital en París, 1985)




Soy Gustavo “Grillo” Mujica, poeta y editor de poetas, ambos oficios inútiles, tanto como el oficio de profesor de filosofía, el segundo oficio de Miguel Vicuña, poeta y amigo histórico, a quien tuve la suerte de editar, reparando una deuda con un cómplice de mi mismísima generación poética. Hablamos de Gonzalo Millán, Juan Luis Martínez, Claudio Bertoni, Cecilia Vicuña, Patricia Jerez, el jaiva Eduardo Parra, Bolaño, Mauricio Electorat, Jordi Lloret, Mauricio Redolez, y un largo etc., en donde, algunos ya son más leídos que otros, que lo serán sin duda. Casi todos los pocos que nombré estamos antalogados juntos. A casi todos los publiqué, o un librito o en alguna de las revistas de la diáspora chilena. Aclaro que al hablar de Generación Poética, y que nuestro colega aún desterrado en París, Waldo Rojas llamó “Promoción emergente”, me refiero a un período de publicaciones, que corresponde al exilio interior y exterior, y no a la edad de los poetas.

Deuda con Miguel, pues se me quedó bajo la mesa en París, en donde, en plena diáspora chilena, publiqué a los que les dije y otros, en Europa, con una imprentita con la que a veces sueño (una Gesterner 210), pues entonces Vicuña no me soltó ningún manuscrito, que recién me lo tiró por la cabeza ahora.

Con Miguel en ese período del exilio, coincidimos en Madrid, en donde compartimos un Departamento en la Calle Acuerdo 36, en pleno barrio Malasaña, con el escritor Radomiro Spotorno. Yo venía arrancando de una ruptura con una diosa, y mis cumpas me acogieron en una comunidad desatada. En ese barrio madrileño es donde se originó la tan mentada “MOVIDA” post franquista. Esos tiempos fueron iniciáticos, por el destape de una contracultura extraordinaria, que en Chile post pinochetista se dio de a poquitito y apenas. La MOVIDA, ese destape extraordinario, que nos marcaría. Fuimos antipoéticos y contraculturales, ambas tendencias ya recuperadas, que ahora son un chiste, con sus líderes payasos gagá. Coincidimos en París, también en pleno destape teórico post sesentayochiano, ambos casados con dos hermanas. Hicimos una revista de un número, FOSA COMÚN. Sufrimos, fiestamos y recitamos juntos. Miguel retornó antes a Chile y presentó la labor de “Ediciones GrilloM” en la librería Altamira. La paradoja, es que ya retornados, casi ni nos vimos, pues el neo liberalismo, apenas reparado por la Concertación, esa realidad real, nos tuvo, nos tiene, en una supervivencia absurda y precaria, a pesar de la cual, al menos yo, no me atrevo ha juzgar a los que se vendieron al sistema que detestamos y que tiende a ser peor.

Se supone, que cuando se presenta un libro, el presentador se refiere al autor y su obra. Y yo estoy hablando de contextos y anécdotas. Considero, que referirme a “dicha non desdicha”, desde mi lectura, es ponerle precio a las flores, primero, porque soy poeta, y si hay algo que detesto, es explicar un poemario, cosa interesante académicamente, pues en este ámbito se pretende reflejar diferentes lecturas. Sin embargo siempre o casi siempre, desde un punto de vista de la teoría literaria de moda.

Al poeta se le huele en su respiro, y les aseguro que Miguel Vicuña lo tiene. Solo les digo, que en este poemario, el poeta tiene contenidos arquetípicos de la poesía, como cantarle a sus padres (1). Además le canta a su “Ñusta”, musa perdida, y entremedio, tira joyitas sonoras y pseudos absurdas, que dan cuenta de una poética que busca la razón de ser del poema y del poeta. Y también, como no, se tira unos versos circunstanciales notables.
El común denominador de “Dicha non desdicha”, es decir de una felicidad que no se reniega, es el de un oficio poético fuera de lo común.

Sabemos, es vox populi, en Chile, levantas un poeta y hay una piedra. Miguel no es pétreo, es puro fluido, musical y paradójico, pero muy controlado en la forma, como un buen poeta profe. que sabe de lenguas y de filosofía.

Para terminar, agradezco a los dioses el inútil oficio de poeta, el solo invendible en la industria cultural, y agradezco a Uds. oidores y lectores avisados, de nuestro Chile, donde aún la poesía es más sentida que un terremoto.
Gracias
(15-diciembre-2009, en el Bar-restaurant Antrofino)


1) Los padres de Miguel, también poetas trememundos, como son Eliana Navarro y José Miguel Vicuña, el “Pepe”. Nos encontramos con una dinastía poética, que incluye a los hermanos de Miguel


después de tanto pensarlo

Después de tanto pensarlo
He logrado descubrir
Que vale nada impedir
El destino que se cumpla.
Muy difícil que se hunda
La entrega del corazón
Ruptura del esternón
En las olas del océano
Si el zorzal emprende el vuelo
Para cantar con el sol.

Siempre es posible aspirar
A dibujarle la página
Con poesía y sin armas
A esta rutina y su mal.


Miguel Vicuña Navarro.

Santiago de Chile, 1948.
Ha sido profesor de filosofía y literatura en la Universidad de Chile, Universidad de Arte y Ciencias Sociales (ARCIS) y otras universidades chilenas. Ha publicado ensayos y artículos de filosofía en diarios y revistas de Chile y España. Fue director-editor de la revista de crítica cultural Número Quebrado (Santiago, 1988-1990). Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés y están recogidos en antologías chilenas, hispanoamericanas y españolas. Referencias a su poética pueden encontrarse en ensayos de Clara Janés, Luis Bocaz, Enrique Lihn, Soledad Bianchi, Manuel Espinoza, Waldo Rojas y otros. Su obra poética consta de los libros siguientes: Levadura del Azar (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1980), Lengua de Cordero con Piel de Oveja (Sinfronteras, Santiago, 1986), Parábola Reversa (Semejanza, Santiago, 2004), a los que viene a sumarse el presente volumen.

“Dicha non desdicha” fue impreso en nov. 2009, en 150 ej. numerados y firmados por el autor. Formato de bolsillo, 86 págs. Pedidos a ediciones.grillom@gmail.com. $ 5000 + costos de envío