domingo, 10 de mayo de 2026
miércoles, 22 de junio de 2016
DIASPORISMOS
jueves, 12 de marzo de 2015
lunes, 9 de febrero de 2015
martes, 26 de agosto de 2014
El niño del Metro (de Anécdotas de un bricoleur)
domingo, 23 de febrero de 2014
martes, 3 de diciembre de 2013
martes, 28 de diciembre de 2010
Río Luminoso
Río luminoso
Una tan cercana lejanía...
(Walter Benjamin)
Una vez fui a pescar peces al río Duqueco,
al interior de Los Ángeles.
Entonces me ensarté el anzuelo en un dedo
y ensangrenté una piedra redonda
que era como un aereolíto,
por eso lo recogí.
El sol estaba tremendo,
el río Duqueco tan ruiseño,
cuando se cayó mi aereolito en la orilla.
Se me perdió como un pensamiento.
Entonces recogí otra piedra perfecta,
como un huevo de dinosaurio.
Temí que el dinosaurio aún estaba allí.
Solté mi caña de pescar
pues me creí lanzador de bala olímpico:
tiré el huevo pétreo encontrado
a ese mi río luminoso.
O la piedra vuelve a rodar, me dije,
por el flujo que da a la mar,
y nos recuerde el alma dormida,
o se aquiete meditando
en este torrente frágil del estío,
y quizás origine un dique,
que cambie el curso del río.
En fin,
al borde del todo fluido
encontré una tercera piedra extraña:
¡Era aportillada como un picarón!
¡Eureka!, me dije yo.
Encontré una pieza arqueológica,
cuenta del collar de la Giganta de Baudelaire
o rastro de un ancestro que por aquí vivió,
quien quizás rompió un cráneo,
o molió maíz, con ese pétreo picarón.
Como si la piedra fuera un catalejo,
por su orificio redondo
enfoqué la montaña,
de donde rodaron las piedras,
y enfoqué esa orilla extraña
y espié un sauce nervioso,
cuyas guirnaldas lloronas tiritaban
cuando no había ni brisa
y sus sombras bailarinas
entre las piedras del torrente
eran la escritura del sol.
En la orilla del río Duqueco,
al interior de Los Ángeles
a donde fui a pescar peces,
alguna red de piedras
me atrapó por pescador.
lunes, 18 de octubre de 2010
Cuentito perdedor en Santiago en 100 palabras
Fuimos a buscar algo a un terreno de acopio de escombros y cosas muertas. Encontramos un sillón colorado en buen estado. Confortablemente sentados chupamos cerveza, milagrosamente rescatada del terremoto desgraciado. Otro loco encuentra la caja de un ex televisor Bolocco, donde encajó su cabeza y contó chistes chanchos. Otro cantó con cara de limón a lo Lucho Barrios; y así. Nuestro “living” se llenó de gente que se turnó para triunfar en la tele.
jueves, 1 de abril de 2010
Reconozco y difundo a mi Maestro
(In memorian Ghérasim Luca)
Alguien que nada en la nada,
ni siquiera nada,
da,
Dadá,
da lo mismo,
momo, momento,
momentito, ito...
¡Hay un hito!,
hito,
y tomo el océano,
o sea,
el océano tomo,
omo, omo,
¡Omo lava más blanco!,
lavo más blanco,
co, coco,
cocorico, condorito, cocodrilo,
¡hilo!,
hilo la cosa, osa, osa,
osando en la nada, dada,
¡DADA¡
¡Da en el blanco!,
coco, coco,
comienzo de nuevo, uevo, huevo...
¡El huevo y la gallina!
¿la gallina o el huevo?...
¡Comienzo de nuevo!!!...
Alguien que nada en la nada
ni siquiera, quiere, ere,
¡Eres bruto!, uto,
utópico, ¡pico!,
Pico de pájaro, aro, aro...
¡Aro aro, dijo doña Pancha Lecaros!
Caros, caro,
(Caro es el precio
precio de cientos
cientos de miles
miles de muertos
muertos penando
penando en el aire)
aire, aire, quiero aire,
ire
iré nadando,
ando,
¡ando volando bajo!,
ajo,
ajo para vampiros, iros, iro,
¡HIROSHIMA!
Ima, imagínate,
ate,
ateo, teo, teófilo, ilo,
hilo...
¡Hilo añadido!
ido...
idos y no volváis,
vais,
vais nadando,
dando
dando cuerda
cuerda floja
floja coja
coja, oja
hoja...
¡se acaba la hoja!,
ja
jajá, jamás,
más, más, mazapán,
pan pan pan,
pan de huevo, huevo
¡COMIENZO DE NUEVO!
Alguien que nada en la nada ni siquiera,
quiera, quiera,
¡ QUIERO!,
quiero,
quiero vino, vino,
vino y se fue, fuese,
fuésemos fuego como el vino, ino,
ino, inoxidable vine,
vine y me fui, fui,
fui, fuimos letras
letras, tras,
tras no nadar en la nada,
nada, nada,
¡noda!,
no da lo mismo el momento
¡no da lo mismo el momento!
Momento, momentito, ito,
Hito,
¡OTRO HITO!
Y tomo mi historia y no tomo el océano,
O sea no
¡O SEA NO TOMO LA NADA!
jueves, 24 de diciembre de 2009
Presentación del poemario “Dicha non desdicha”, de Miguel Vicuña Navarro
“(Grillo Mujica & Miguel Vicuña, recital en París, 1985)
Soy Gustavo “Grillo” Mujica, poeta y editor de poetas, ambos oficios inútiles, tanto como el oficio de profesor de filosofía, el segundo oficio de Miguel Vicuña, poeta y amigo histórico, a quien tuve la suerte de editar, reparando una deuda con un cómplice de mi mismísima generación poética. Hablamos de Gonzalo Millán, Juan Luis Martínez, Claudio Bertoni, Cecilia Vicuña, Patricia Jerez, el jaiva Eduardo Parra, Bolaño, Mauricio Electorat, Jordi Lloret, Mauricio Redolez, y un largo etc., en donde, algunos ya son más leídos que otros, que lo serán sin duda. Casi todos los pocos que nombré estamos antalogados juntos. A casi todos los publiqué, o un librito o en alguna de las revistas de la diáspora chilena. Aclaro que al hablar de Generación Poética, y que nuestro colega aún desterrado en París, Waldo Rojas llamó “Promoción emergente”, me refiero a un período de publicaciones, que corresponde al exilio interior y exterior, y no a la edad de los poetas.
Deuda con Miguel, pues se me quedó bajo la mesa en París, en donde, en plena diáspora chilena, publiqué a los que les dije y otros, en Europa, con una imprentita con la que a veces sueño (una Gesterner 210), pues entonces Vicuña no me soltó ningún manuscrito, que recién me lo tiró por la cabeza ahora.
Con Miguel en ese período del exilio, coincidimos en Madrid, en donde compartimos un Departamento en la Calle Acuerdo 36, en pleno barrio Malasaña, con el escritor Radomiro Spotorno. Yo venía arrancando de una ruptura con una diosa, y mis cumpas me acogieron en una comunidad desatada. En ese barrio madrileño es donde se originó la tan mentada “MOVIDA” post franquista. Esos tiempos fueron iniciáticos, por el destape de una contracultura extraordinaria, que en Chile post pinochetista se dio de a poquitito y apenas. La MOVIDA, ese destape extraordinario, que nos marcaría. Fuimos antipoéticos y contraculturales, ambas tendencias ya recuperadas, que ahora son un chiste, con sus líderes payasos gagá. Coincidimos en París, también en pleno destape teórico post sesentayochiano, ambos casados con dos hermanas. Hicimos una revista de un número, FOSA COMÚN. Sufrimos, fiestamos y recitamos juntos. Miguel retornó antes a Chile y presentó la labor de “Ediciones GrilloM” en la librería Altamira. La paradoja, es que ya retornados, casi ni nos vimos, pues el neo liberalismo, apenas reparado por la Concertación, esa realidad real, nos tuvo, nos tiene, en una supervivencia absurda y precaria, a pesar de la cual, al menos yo, no me atrevo ha juzgar a los que se vendieron al sistema que detestamos y que tiende a ser peor.
Se supone, que cuando se presenta un libro, el presentador se refiere al autor y su obra. Y yo estoy hablando de contextos y anécdotas. Considero, que referirme a “dicha non desdicha”, desde mi lectura, es ponerle precio a las flores, primero, porque soy poeta, y si hay algo que detesto, es explicar un poemario, cosa interesante académicamente, pues en este ámbito se pretende reflejar diferentes lecturas. Sin embargo siempre o casi siempre, desde un punto de vista de la teoría literaria de moda.
Al poeta se le huele en su respiro, y les aseguro que Miguel Vicuña lo tiene. Solo les digo, que en este poemario, el poeta tiene contenidos arquetípicos de la poesía, como cantarle a sus padres (1). Además le canta a su “Ñusta”, musa perdida, y entremedio, tira joyitas sonoras y pseudos absurdas, que dan cuenta de una poética que busca la razón de ser del poema y del poeta. Y también, como no, se tira unos versos circunstanciales notables.
El común denominador de “Dicha non desdicha”, es decir de una felicidad que no se reniega, es el de un oficio poético fuera de lo común.
Sabemos, es vox populi, en Chile, levantas un poeta y hay una piedra. Miguel no es pétreo, es puro fluido, musical y paradójico, pero muy controlado en la forma, como un buen poeta profe. que sabe de lenguas y de filosofía.
Para terminar, agradezco a los dioses el inútil oficio de poeta, el solo invendible en la industria cultural, y agradezco a Uds. oidores y lectores avisados, de nuestro Chile, donde aún la poesía es más sentida que un terremoto.
Gracias
(15-diciembre-2009, en el Bar-restaurant Antrofino)
1) Los padres de Miguel, también poetas trememundos, como son Eliana Navarro y José Miguel Vicuña, el “Pepe”. Nos encontramos con una dinastía poética, que incluye a los hermanos de Miguel
después de tanto pensarlo
Después de tanto pensarlo
He logrado descubrir
Que vale nada impedir
El destino que se cumpla.
Muy difícil que se hunda
La entrega del corazón
Ruptura del esternón
En las olas del océano
Si el zorzal emprende el vuelo
Para cantar con el sol.
Siempre es posible aspirar
A dibujarle la página
Con poesía y sin armas
A esta rutina y su mal.
Miguel Vicuña Navarro.
Santiago de Chile, 1948.
Ha sido profesor de filosofía y literatura en la Universidad de Chile, Universidad de Arte y Ciencias Sociales (ARCIS) y otras universidades chilenas. Ha publicado ensayos y artículos de filosofía en diarios y revistas de Chile y España. Fue director-editor de la revista de crítica cultural Número Quebrado (Santiago, 1988-1990). Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés y están recogidos en antologías chilenas, hispanoamericanas y españolas. Referencias a su poética pueden encontrarse en ensayos de Clara Janés, Luis Bocaz, Enrique Lihn, Soledad Bianchi, Manuel Espinoza, Waldo Rojas y otros. Su obra poética consta de los libros siguientes: Levadura del Azar (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1980), Lengua de Cordero con Piel de Oveja (Sinfronteras, Santiago, 1986), Parábola Reversa (Semejanza, Santiago, 2004), a los que viene a sumarse el presente volumen.
“Dicha non desdicha” fue impreso en nov. 2009, en 150 ej. numerados y firmados por el autor. Formato de bolsillo, 86 págs. Pedidos a ediciones.grillom@gmail.com. $ 5000 + costos de envío
martes, 21 de abril de 2009
Chivas
Me puse a averiguar los significados en diccionarios y no sé como la mayoría de mis palabras son lo que significan. No sé como las supe las palabras que uso, no sé como adquirí desde sustantivos hasta voces más cargadas de significados. Supongo que después de aprender a leer, que creo la verdadera entrada a la humanidad de un animal, uno reconoce unas pocas palabras las cuales ayudan a entender de manera progresiva otras palabras y así. Creo que la adquisición de lenguaje tiene un proceso psináptico, en donde a mayor complejidad de significados, de enlaces en tramas de relaciones, mayor es la capacidad de suponer el significado de una palabra o ya concepto, que empiezo a usar naturalmente sin haber -la palabra o concepto- consultado jamás en el diccionario.
Tardío me dio un julepe (ya averigüé que esta palabra está bien empleada), reitero, me dio julepe, que a veces empleara palabras o conceptos nada que ver, es decir con significados no establecidos. Evidentemente consultando diccionarios me encontré con un cierto porcentaje de significados travestidos, o transversales. Bastó tomar conciencia de este porcentaje, -no menor- para considerarme incierto, en donde digo o escribo una cosa por decir o escribir otra, al menos, con respecto a mis oyentes o lectores.
Ahora, trato de ser riguroso en cualquier significado que exprese, pero, descubro con simpatía, que a todos los palabreros, les pasa lo mismo o quizás peor que a mi, usan (mos) normalmente muchas palabras, voces, conceptos, nada que ver. Entonces, no creo que esto sea incomunicación, sino lo contrario. Si yo leo o escucho una palabra que sospecho o intuyo que no corresponde al significado que yo le tengo, entonces psinápticamente le agrego carga de significado a esa palabra, pues no dudo que los significados son progresivos o se transforman.
Cuantas veces unas cuantas voces tienen para mi, más carga simbólica que tal cual.
Cuantas veces he descubierto un simple sustantivo con más carga que la palabra ser.
Demasiadas veces capto que un oyente me escucha pescado y estoy diciendo pez.
El oficio de poeta es la chiva (
lunes, 1 de diciembre de 2008
Una mañana naranja
Una mañana naranja
me acurruqué en la arena
por un humor desvalido
o ensoñamiento de niño.
Mi cuerpo se aferró fetalmente
a las faldas de una duna
mi cabeza a ras de la arena
se apoyó en mi mano
que sonaba a fluído.
Mis párpados filtraron el sol mañanero,
mis dedos jugaron al reloj con la arena
de cuarzo y granito molido
por reflujos de olas del tiempo.
En otra dimensión,
de alguna playa secreta
no sé qué animas y meteoros
y espirales dorados y estrellas enanas
cosquillaron el alma a mis ojos.
Allí supe que un viaje astral
se hace quieto en las dunas
y fetalmente se siente
la presencia
de un Dios desconocido.
domingo, 3 de agosto de 2008
El Club
El Club
(De recuerdos de un bricoleur)
que ya no importa el mañana.
Vivir,
“¡Vive mierda!, grita la muerte,
vive que pronto he de venir”
(Del poema “Copas”, Virgilio)
Fundamos el club con el “Cabezón”, el Walter Buzman, el Flaco Cheverri, Jean Louis y yo, exactamente un dieciocho de septiembre, celebrando las fiestas patrias.
Para ese dieciocho, la primera embajada post dictadura puso recursos, arrendó un lugar en la periferia parisina, en Savigny Le Temple. Un Chateaux con amplios jardines, donde la comunidad chilena instaló stands, fondas, escenarios, cada cual con su cuento. Las tribus del PC, PS, MIR y el poderoso clan del Club de fútbol Salvador Allende competían en chilenismo. Este último fue la única organización multipartidista que registro en París. Por lo demás fueron campeones de fútbol de alguna división. Le ganaron nada menos que a los argelinos. Tenían un poder logístico tal, que se permitieron de exportar al bolerista Lucho Barrios directo desde el Cuzco. Me cachetonéo que colaboré para que el maestro del bolero triunfara en el Olimpia, en fin, nuestro lobby chilensis tenía sus movidas.
Se produjo una “toma de terreno” en el Chateaux de Savigny Le Temple y sus jardines. Olvidamos por unas horas que habitábamos en Francia.
Con el Cabezón transitamos de lo más enfiestados, chispiados, emocionados con tanta chilenidad, cuando encontramos unos conocidos: el Walter, el flaco Cheverri y el Jean Luis. Copeteaban y jugaban cacho en una mesa con mantel floreado. Tan concentrados estaban en los dados, que los saludos fueron de reojo. Inmediatamente admiramos esta sana costumbre muy de Club Radical. No sé si alguien ha recuperado los antecedentes de que todos los gobiernos radicales de Chile, en el siglo pasado, ganaron las elecciones gracias a sus clubes sociales, donde se practicaba el cacho.
Este juego de dados lo sentimos como una identidad. Por eso fundamos el “Club de Cacheros”.
El cubilete de cuero se llama cacho pues antes se jugó en vasos artesaneados en cachos de vacunos.
Designamos como sede el restaurante “
Tuvimos éxito convocatorio desde la primera sesión.
De los fundadores no recuerdo quien aportó que, pero ya en la primera reunión teníamos cocinadas las reglas del ahora famoso e histórico Club.
Antes tendría que explicar que es inexacto lo de cacheros, pues no jugábamos Cacho, juego de dados que es una suerte de poker. En realidad jugamos Dudo. El Dudo aún no averigüé su origen.
En los dados el uno es AS, evidentemente. Tonto es el dos, tren es tres, cuarta es cuatro, quinas es cinco, sexto: seis.
Debe existir una razón matemática para jugar Cacho y Dudo con cinco dados por cubilete. En el Dudo se parte tirando un solo dado. Quien saque el dado mayor empieza el juego. Luego los jugadores lanzan simultáneamente sus 5 dados y cada jugador ve su juego, invisible para los otros. Supongamos que juegan 5 jugadores, entonces hay 25 dados en juego, es decir 25 sextos, 25 quinas, 25 cuartas etc., en juego. Además, los ases son comodines, remplazan cualquier número de
Supongamos que yo parta y canto 6 quinas (cincos). El jugador de mi izquierda (acaban de imponer, en el Club de Cacheros que funciona en el Club de ex Deportistas, de
“Dudo, luego monto y calzo”
El Club acordó desde un comienzo, que
Los Cacheros tuvimos un éxito inusitado, para felicidad de los administradores del restaurante “
Pusimos reglas simples:
Prohibidas las mujeres y extranjeros.
Todo nuevo cachero debe ser presentado por un miembro “histórico”.
Solo se es aceptado por unanimidad.
Cada uno “mata su chancho”, es decir, cada cual paga su consumo.
Todo juego dudoso o incertidumbre numérica, es arbitrada por el Presidente.
El Secretario anotaba la bitácora del Club, asistentes, ganadores, Masters de la noche, etc. El Tesorero se encargaba de sacar cuentas del consumo y cobrar a cacheros ebrios. Él mismo podía estar muy curado, pero era (es) seco para los números.
Siempre o casi siempre, teníamos algún entusiasta apasionado que apostaba botellas de vino (shileno, evidentemente), apuestas que valían “callampa” pues, hasta el día de hoy, no se ha logrado especificar si pagaba el perdedor o ganador. Los de “
La prohibición de que jugaran mujeres nos significó más de un conflicto, considerando que casi todos los miembros del Club eran casados o convivientes.
Al Peláo, miembro que habitaba en Semlis, a
El Club tomó vuelo porque los casados se liberaban de sus iñoras y chiquillos por un rato y también era una alternativa más entretenida que las latosas reuniones partidistas. De todas maneras, los Cacheros trascendíamos peleas ideológicas.
Una vez el Walter tuvo el desliz de presentar como candidato a miembro, al nuevo embajador de Chile en Francia. Evidentemente, él minoría R. A., del P.C., se opuso. Sin mediar debate, el embajador fue rechazado. En el Club de Cacheros la minoría tenía (tiene) un poder no menor. (Como el estado de Israel. Son algunos rabinos culiáos que cambian la balanza para la izquierda o la derecha)
Otra vez, fue aceptado un Agregado Cultural que posteriormente escribió un bodrio intitulado By by París, en donde habla de los cacheros. Este tipo fue expulsado del Club, no sé el motivo. Me lo contó un tercer hocico. No me consta. Me dio lata chequear esta información.
Tenía que pasar. El Guatón Cheverri, me levantó
En todo caso
Que más placer para los cacheros que ser consultores, de una cosilla íntima. Por cierto interrumpimos el juego y nos pusimos a pensar. Nos sentimos en un reality Show. Este trabajo mental en equipo, evidentemente dio sed. El flaco Cheverri financió unas botellas para la inspiración.
Nuestra red con las autoridades socialistas francesas ya no servían para otro refugiado. El allegado no era perseguido político ni mucho menos. Ya teníamos un Gobierno democrático y por las nuevas leyes francesas, no era ninguna gracia estar ilegal. Nos informó nuestro Presidente que su allegado simplemente había soñado, desde que se pajeó con una foto de
Le pedimos un breaf a nuestro Presidente, detalles sobre su allegado. Que hacía, edad, cuando llegó, planes, etc.
Sintetizo, llegamos después de un amplio y completísimo análisis, a la conclusión de: si al “Quelo”, - por Rogelio -, que así se llamaba el allegado tardío, le encantaba la salsa, la bailaba regio y le decían “El Huaso Travolta”, entonces el “Quelo” tenía una fortaleza tremenda.
Rogelio tenía que casarse para tener papeles. Aconsejamos que fuera a una salsoteca a pincharse una señorita francesa. Según varios cachetones, estas iban a cazar sudacas.
El escenario y Plan de Los Cacheros, no me creerán, fue un éxito. El “Quelo” fue a salsear donde le dijimos, se sirvió bien servida a una señorita que no era francesa sino alemana, que no es lo mismo pero es igual, y nuestro Rogelio logró, gracias a nuestra inteligente asesoría, tener pasaporte Europeo. La alemana chapurreaba español, quería un sudaca caliente y listo. Lo exportaron a Alemania.
Después del caso Quelo, el Club desgeneró en consultorio sentimental, con varios casos de miembros en ruptura con sus iñoras. Explico que entonces dividíamos a las féminas en señoritas, señoras e iñoras.
El Cabezón volvió a Chile con el rango de Secretario Perpetuo del Club. Yo había retornado un poco antes. Me informó que como miembro Fundador, yo tenía el rango de Presidente Peremne.
Con el Cabezón ahora somos culpables de la filial santiaguina, que tuvo una aceptación insospechada. Le rogué al Cabezón que me informara de todo lo acontecido en el Club después de mi partida de París. Entre otras anécdotas sabrosas me rindió cuenta de que un miembro connotado del Club, el Culises, quién fue record de estadía en prisiones políticas, auspició la entrada a Los Cacheros de alguien imparable. Nuestro héroe nacional, muy pichulero él, presentó a un simpático travesti. Físicamente un tantito rechoncha pero con innegable carisma. No estaba contra las reglas esta candidatura, pues la loca desatada no era mujer mujer y aunque hablaba como señora uruguaya, mostró un documento ONU timbrado con la palabrota apátrida. Por lo tanto, no era tampoco extranjero, era alguien de ninguna parte. Ponia se llamaba y logró muy luego espantar recelos machistas. Por lo demás, el sarcástico héroe nacional demostró que dos de nuestras reglas tenían rendija, la prohibición de admitir mujeres y a extranjeros.
El Ponia ganó todas las manos y casi friega al Presidente con tres calces al hilo. Además pagó el vino, guitarreó y cantó boleros como una diosa. Sé que después fue protagonista de una película, un corto o medio metraje que grabó Pulises, fascinado con ella. Por suerte para los cacheros, no reivindicó ser Presidente (a) del Club, que se lo merecía, pues era (es) capo (a) para calzar.
A posteriori, a nadie del Club de Cacheros, ahora ya internacional, con sedes en Paris, Uppsala, Santiago y Talca, se le ha ocurrido proponer la prohibición de membresía a los homosexuales. Claro que ha ningún miembro se le ha vuelto a pasar por la testa, apadrinar a algún otro otra.
miércoles, 25 de junio de 2008
El diván
El Diván
(De “Recuerdos de un bricoleur”*)
Jean Francois, Brigitte, Claire y Cristine, estudiantes a punto de egresar de L´Ecole Normal Superior de Ulm, comparten un amplio departamento en la calle Michel Chasles del Quartier Bastilla, barrio parisino emergente pues fue puesto a la moda por la instalación de intelectuales y artistas.
Me ceden una chambre de bonne, pieza destinada para el servicio, que los edificios burgueses del siglo 19 suelen tener en el último piso. Esas son las famosas buhardillas, habitáculo obligado de gente pobre o romántica, muchas aún con inodoros y duchas comunes para varios cuartos en el pasillo.
Mi ventana, tragaluz en ángulo, es un instrumento de percusión con el granizo de invierno y el pasaje hacia el cielo, o para asoleadas en bolas en verano. Da hacia un vértice del techo de hojalata, parada de una familia de cuervos, pajarracos que ganaron ese territorio a las palomas, aves que detesto.
Tengo una perspectiva otoñal de los techos.
En estas buhardillas han habitado casi todos los estudiantes y artistas extranjeros que han pasado por París el último siglo.
No sé, siempre tuve la impresión que en ciertos edificios y barrios de París no hay transcurso del tiempo.
A mis protectores les vino de perillas un bricoleur, además chileno. El golpe de estado en Chile fue un escándalo mundial, especialmente en Europa. La inteligencia políticamente correcta europea, ex sesentaiochianos, muchos ya en el poder, buscaban contacto con chilenos para, en su último romanticismo, apoyar la oposición anti-dictatorial.
Supieron que yo dirigía una revista político-cultural del exilio e inmediatamente me acogieron bajo su alero. Cristine, la historiadora, a propósito de mis “teorías”, sacó la conclusión de que los latinoamericanos estábamos en plena invención de nuestras identidades, como los judíos diaspóricos pos guerra. Ella, preciosa, logró que yo estudiara el Sionismo.
Ala comunidad franchuta les fabriqué bibliotecas para centenas de libros. Me recomendaban a sus relaciones para trabajos de pintura y carpintería. Fui el "maestro chasquilla" del movimiento "Change" y "Tel Quel", "chivas" de vanguardia parisina más o menos antagónicas. De hecho, no sé cual de los dos movimientos me utilizó para rendirle homenaje a Severo Sarduy, yegua barroca que yo encontré sumamente loca. En fin, yo también era un protegido exótico invitado a sus tertulias. Les cociné algunos pasteles de choclo. Les divertía mi horrible acento y se sorprendían de mi admiración por Walter Benjamín. Me pusieron a prueba o tal vez quisieron que yo fuera como ellos: me encargaron un artículo sobre el concepto de aura de Walter Benjamín, sobre el que yo hacía averiguaciones. Me declaré incompetente.
Mis nuevos amigos, pelaban a los movimientos parisinos que les dije, el Change (cambio) y el Tel Quel (Tal Cual). Descueraban a "concho" a Phillipe Sollers. Brigitte se preocupaba de alfabetizarse en las Ciencias Sociales.
Brigitte intentaba explicarme a Deleuse y Guattari. El “Anti-Edipo” de estos señores y su análisis de Kafka me marcaron más anarco.
Sin paciencia y cero rigor teórico, saqué cuentas de un movimiento endogámico. Todos se citan entre ellos. Para agarrar algo, tenía primero que pescar a Saussure, a Jakobson, vacilarme la lingüística rusa y al menos Freud que, como mi padre psiquiatra lo detestaba, a mi me interesó. A Sigmund lo leí con tanto placer como a Barthes y al poético Lévi-Strauss. Este último señor, con su “Pensamiento Salvaje”, me instaló el temor de que la poesía no fuera como un bricolage ad infinitum, un montaje eterno, un producto-collage siempre provisorio, sin innovación, pues aparece siempre la pre-existencia de las partes viejas. Por estas orillas, le tomé bronca al concepto de intertexto de
Terminé más pegado a
Emergían “los Nuevos Filósofos”. Políticamente incorrectos. Uno de ellos. un tal Lévi, el primer filósofo farandulero, enmierda a los sesentayochianos al opinar que Pinochet era bomba. Lévi fue humillado por un anarco-situacionista, con un sorpresivo ataque público: lo embadurnó con una tarta a la creme en pleno hocico. Este terrorista a la creme también atacó al héroe de mis amigos normalianos: nada menos que al cineasta Godard, de quién sólo me gustó la muerte callejera de Jean Paul Belmondo en “Sin aliento”.
Un día Jean Francois, el niño mimado de la comunidad de mis intelectuales protectores de la rue Michel Chasles, me comunicó que un “Psi”, -así decían por psicólogo, psicoanalista, psiquiatra- un “Psi” maestro de todos ellos, necesitaba de mis servicios de bricoleur. Mi manualidad me sostenía. Fui con mis herramientas al tiro.
Me apersoné en 5, rue de Lille, a un típico edificio burgués del siglo XIX. Abre la puerta un señor canoso con anteojos, un tanto acartonado. Saluda más bien a mi caja de herramientas que a mi. No recuerdo muchos detalles de su lugar. Quizás no me importaron o ya estaba habituado al entorno de intelectuales parisinos.
Con mi instinto ya entrenado catalogué a este señor como un obsesivo anal, digamos cliente pesado, por el orden comme il faut, ultra meticuloso de su entorno, de su biblioteca, muebles y objetos.
Me salió con un encargo de bricolage, digámoslo suavemente, chiflado. Me pidió que le aserrara un par de milímetros a una pata de un diván. Me dijo que necesitaba ese mueble con un petit defaut, traduzcamos cojera. Era el diván que utilizaban usualmente sus pacientes.
Algo me explicó: no quería de ningún modo una perfección burguesa en su exocuerpo cósico, es decir, sus muebles eran extensiones de él mismo, más que de sus usuarios cotidianos, atribulados pacientes de su consulta. Mi cliente quería que los cuerpos, los culos, los “uno mismos” de sus atribulados pacientes, no sintieran una estabilidad inmediata en su soporte. Quería que los usuarios(as) de ese diván, sintieran la cojera, sintieran una imperfección. Según él, sus pacientes soltarían más sus rollos y “nudos” al sentarse, al ocupar este mueble cojo, insoportablemente cojo, como la mayoría de los muebles de bistrots, de restaurantes, o de los muebles antiguos, me explicó?
Evidentemente él, fue indiferente a mi perplejidad idiota.
Fue el primer parisino que no me preguntó de la situación chilena. Puntos a su favor.
Cuando terminé este trabajo absurdo limpié las briznas de aserrín y guardé en mi caja los restos de la pata del diván, para no ensuciar su papelero sin papeles. La pata, posiblemente por la calidad y dureza de la madera que no pude identificar, me dejó una lonja rectangular casi cuadrada, muy fina, negra de cera cochina del encerado del piso por una cara y corte de veta maderístico limpio por la otra cara.
Todo el operativo de imperfeccionar este mueble duraría una media hora. Saqué cuentas: su interés personal en mi obra me puso nervioso, más dos telefonazos- noté su demora en atender a propósito, - más, mi ida a mear al baño.
No tenía idea de cuanto cobrarle por semejante trabajo. Calculé unos pesos por desplazamiento y una hora mínima de trabajo “al negro” (sin impuestos).
Algo me comentó de la fascinación que le producían las herramientas, especialmente las de carpintería antiguas. Me pagó, se despidió con mano y todo. Me dirigí al Metro un poco frustrado por mi precaria ganancia.
Volví al departamento de mis protectores en la rue Michel Chasles, apostando que habría alguien. Preví dejar mis herramientas allí pues tenía pendiente una biblioteca que estaba armando en la pieza de Claire. Ella: un tanto rechoncha, con anteojos onda John Lennon. Ya lo lograba como crítica de cine en Le Monde. Me dedicó un libro de su autoría sobre Joris Ivens, documentalista. De este señor solo vi algo sobre los chinos de Mao y su documental de Valparaíso.
Me abrió Jean Francois, con un recipiente omeletero en la mano. No todos saben que no se puede dejar de batir los huevos para que la omelette resulte perfecta. Mi comunidad de normalianos tenía fijación con las omelettes, fáciles y rápidas de hacer. Jean Francois continuó batiendo los huevos dirigiéndose a la cocina. La omelette, según mitología francesa, fue inventada en Francia, cuando le improvisaron algo de comer a no sé cual rey que llegó sin aviso.
Al territorio de Claire me dirigí para a dejar la caja de herramientas. Tremendamente desordenada
Gentilmente Claire me había dejado limpio de cachuréos el territorio donde yo carpintereaba su biblioteca sur commande.
Jean Francois me llama de la cocina sin dejar de batir huevos. Pregunta curioso que necesitaba reparar su maestro. De repente, lo nomina: su maestro “psi”, psicólogo, psiquiatra, psicoanalista, es un fulano llamado Lacan. Allí caí en cuenta que mi chiflado cliente de la mañana era un señor importante. Brigitte ya había tratado que le hincara el diente a sus “Escritos”. Confieso que no lo logré, o digerí el libro a medias, aún considerando mi curiosidad de adicto rompecabezista.
Cuando le cuento el trabajito que le hice al “Psi”, Jean Francois se olvidó de su omelette. Muy excitado me interroga a quemarropa tratando de sacarme hasta el último detalle de lo que me dijo Lacan. Anotó todo. Le seguí la cuerda. Por una vez no puse de mi cosecha. Aunque mi memoria inmediata o a corto plazo es más bien frágil, supongo que entonces fui un informante relativamente exacto. Jean Francois se murió de la risa anotando, sin sospechar mi frustración por la precaria ganancia de ese día.
Lenguajié esa anécdota a mucha gente, era como un chiste. Después salió publicado por allí, como uno de los tantos excentrismos de Lacan.
A posteriori, me vino una curiosidad. Quise concurrir a uno de sus célebres Seminarios.
Solo llegando mucho antes logré, a codazo limpio instalarme en la doceava fila de una suerte de aula magna. Las primeras filas estaban absolutamente tomadas por una mafia acólita lacaniana. Su hija Sybille, su cuñado, los amigotes del cuñado, etc. Este tráfico de influencias me lo había advertido Jean Francois. Constaté la existencia de elites privilegiadas para la adquisición del logos.
El College de France estaba repleto. Me sorprendí por el estrellato de mi chiflado cliente. El señor psicoanalista era un super star. Había una instalación de circuitos cerrados de vidéo para los seguidores que llegaron a la hora convocada, en salas secundarias.
Lacan, anteojudo y canoso, ese día se sobrepasó. Hizo un círculo en el pizarrón y después otro, como dos huevas vacías. Se quedó mirando sus círculos meditando más de lo necesario, creando un suspenso. Imaginé que se referiría a alguna novedosa relación entre la teoría de conjuntos y el meollo. Evidentemente su exposición disparó en otra frecuencia. No voló una mosca entre los cientos de orejas atentas. Tuve un sentimiento de ignorancia atroz.
Lacan indica con un puntero el primer círculo que dibujó con tiza en el pizarrón y dice:
- ESTO, es un hoyo...
El público académico embobado. Yo embobado por el público.
Con el puntero, indica el otro círculo. Poniéndole color al tempo, con justo silencio entremedio, el suspenso de un viejo zorro académico, dice:
- ESTO, es otro hoyo...
El estudiantado psicoanalístico con todas las antenas paradas, atento a la parole, a su lenguajear.
A cuenta de nada, tira a continuación la sorpresiva anécdota que de la noche anterior, mirando una foto de su madre tuvo el impulso o compulsión incontrolable de fumarse un petard. El pito de cannabis aún lo tenía desconcertado y pedía, ordenaba, insinuaba a todos los presentes, que reflexionaran sobre el hoyo que conlleva otro hoyo y así. Carcajadas del estudiantado “Psi”. Deben faltarme frases, antecedentes que discursió entre medio. Como siempre me pasa, hago relaciones transversales o patafísicas y pensé que esos hoyos se relacionaban con algún concepto del infinito borgeano. De su conferencia magistral, mi meollo recuerda solo esos hoyos.
Supuse, hilando fino, que su asunto hoyístico + anécdota cannabíslistica, tenía un mismísimo equivalente chiflado de su encargo, ese de la cortadura de la pata al diván de la rue Lille. No sé, mi imaginación edípica interpreta un Monsieur Lacan como un seductor peso pesado. O como le llaman ahora en la red virtual, un maestro en marketing adicto.
Después de muerto Jacques Lacan, concurrí un sábado al Hotel Drouot.
Por orden de su hija Sybille se remataban objetos del famoso psicoanalista. “Cada lote será acompañado de una atestación certificando su origen”, decía la convocatoria.
Se remataron objetos de un desigual interés estético. Se vendió por un total de 717.500 francos, sin impuestos incluidos, según me informé. El martillero, Guy Loudmer, que se parecía vagamente al psiquiatra Lacan, logra 4.500 francos por un paragüero horroroso, 18.500 francos por una simple plancha de terciado con dos caballetes, que yo no vi en la consulta. Un puñal persa sube hasta 50.000 francos y una cerámica de Palissy (siglo 16) sale a 90.000.
La concurrencia no vino solo por los objetos del maestro. Se llenó de voyeurs, mirones copuchentos atentos al diván. Lacan debe haber utilizado una media docena, sino más, pero no importa. Los marchants se sobaron las manos cuando salió a remate el último. Las pujas se alocan por el diván que utilizaron los analizados por el maestro. Es adjudicado por 98.000 francos a un comprador anónimo, que operó mediante agente. Después de una larga batalla, le ganó a la psicoanalista Elisabeth Roudinesco. Nunca se supo quién logró el diván. Se rumoreó que fue Judith, la otra hija del maestro.
Puedo certificar que aquel era el diván que intervine.
En fin, la lonja de la pata del diván de Lacan aún la conservo. He pensado rematarla al mejor postor.
A los normalianos de la rue Michel Chasles, en el Barrio Bastilla, los echo de menos. No así a sus omelettes. Los huevos chilenos son más frescos.
*Bricoleur: francés: artesano reparador aproximado. Equivalente chileno: maestro chasquilla, en una connotación de reparador de cualquier objeto o artefacto de manera improvisada.
Prefiero la definición más o menos antropológica: reparador o armador de un todo con partes viejas o pre-existentes. Lévi.Strauss apunta que el bricoleur es mitopoético, (“El Pensamiento Salvaje”)